Sin Escalas

Sin escalas 1020

Verònica Sáez Moragues, octubre de 2014

No se dio cuenta de la sed que tenía hasta que oyó ese clic metálico y desafiante al cerrar el cinturón. En aquel momento, visualizó el botellín que había comprado hacía diez minutos en uno de los bolsillos laterales de su mochila. Todavía tenía tiempo. Se incorporó del asiento y justo cuando iba a despegarse de la butaca reparó en que no podía mover la mitad inferior de su cuerpo. Su trasero había quedado prácticamente aferrado a la piel sintética de aquella silla fría y poco acogedora. Bajó la vista y vio cómo sus manos desafiaban con energía la hebilla del cinturón. Toda la fuerza de que disponía su cuerpo estaba centrada entre sus muñecas y la punta de sus dedos, que luchaban sin éxito por intentar levantar la solapa metálica. Los diez dedos agarrotados rodeaban fuertemente ambos lados de aquella pieza que se negaba a desplegarse. Las yemas comenzaban a arder y sintió cada vez más intensa aquella sequedad en la boca. Si no desfallecía por el esfuerzo de intentar escapar de la correa que la ataba al asiento, estaba absolutamente convencida de que lo haría por deshidratación. La inanición la estaba dejando sin fuerzas, así que decidió abandonar la yerma contienda y se desplomó sobre la butaca entregada a un final irremediable. Dejó caer su cabeza hacia atrás y cerró los ojos. En ese momento, sintió el calor de una mano que se posaba sobre la suya en un viaje sin escalas desde el asiento contiguo. Quizá una mujer. Quizá de unos cincuenta. Una palma cargada de bálsamo.