Good Chance

good chance 1020Antonio Bonet Mulet, novembre de 2014 Recostado, adormilado en el asiento trasero del autobús escolar, esperaba excitado pasar la curva del Spar del barrio sin saber si se la encontraría otra vez. Cada día era una sorpresa sin sorpresa, porque sabía que estaría ahí, como cada mañana, esperando agazapada para mirarle intensamente a los ojos. Directamente. De frente y sin parpadear. No conocía a nadie que mirara con esa claridad y determinación. Esa mirada era ya como la suya propia, como si lo que pensara en cada momento rebotara en su cerebro reflejado por un espejo. “Qué curioso”, se decía, “lo que pienso es lo que me dicen sus ojos, siempre coincidimos. Como si ella adivinara mis pensamientos”. Durante el año, cada día sin faltar a la cita, a las 8:30 de la mañana se repetía el ritual. El bus giraba la curva y ¡zas! allí estaba ella, mirándole a la cara y de frente, absorbiendo, bebiendo, adivinando sus pensamientos más íntimos sin desviar la mirada en todo el recorrido que iba desde la curva del súper al cruce del semáforo del final de la calle. Algunas mañanas su mirada era más turbia y sucia que de costumbre como si conociera los sueños húmedos que había tenido la noche anterior en las horas robadas al sueño mientras fantaseaba con esa mirada verde esmeralda que prometía mil placeres sin descanso. Cuando se encontraba con ella al girar la curva sentía una vergüenza callada a la vez que disfrutaba de la soledad de su secreto. Ninguno de sus amigos o compañeros de clase podrían nunca compartir con él su mirada, arrebatarle esa propiedad, robarle ese placer intransferible que suponía la comunicación directa con ella durante los treinta metros de recorrido de autobús. Pasó la adolescencia y la juventud preguntándose ¿Por qué se producía esta sensación?, ¿por qué los ojos quedaban enganchados entre sí, atados como por hilos invisibles que hacían preguntas y recibían respuestas y le contaban al otro todo lo que quería oír? Siempre que viajaba en coche o en tren se enfrascaba en la comprobación empírica con todas las miradas que aparecían en su camino. Y no fallaba nunca. Como una ley inexorable. Esa íntima conexión estaba ahí. Yo miro tu me miras nosotros nos miramos. Que poderosa la comunicación, y que fácil. Callada, sin palabras ni malentendidos. Una pregunta “¿estás bien?” Y ella me contestaba “Bien, gracias”. Qué maravilla. Poderse entender sin problemas. Saber que su mirada estaría ahí, esperando, dispuesta a entender mis problemas, mis dudas y mis ilusiones y que además ¡et voilà! La sintonía y la sincronización aparecían sin más, de repente, por arte de magia nuestras almas conectadas, brincando en la misma onda, vibrando juntas nada más. La experiencia acumulada a lo largo de su vida sobre cientos de miles de miradas con las que se topó en los caminos recorridos en bicicleta, en moto, en coche, en autobús o en tren llegaban a la misma conclusión. Dos miradas. Cuatro ojos que se conectan como los polos opuestos de un imán se atraen. Una fuerza que se rige por la Ley de la Atracción de las Miradas. Dos cerebros que se comunican y que hablan el mismo idioma. En ese idioma universal de las miradas no hacían falta traductores ni diccionarios. Con solo la acción de mirar era suficiente. Se podía escribir un libro a partir de una sola mirada. Esa es la fuerza del sentimiento agazapado tras la mirada. Cuando se había acostumbrado a la infalibilidad de su ley de la Atracción de las Miradas se encontró inmerso en otro discurso. La rutina y la seguridad de su mundo visual y sensorial acababa de romperse. Ahora se encontraba en un mundo nuevo y diferente dónde no le devolvían la mirada. “¿Qué extraño?”, se decía “no entiendo nada.” Al principio se refugió en el recuerdo de todas las miradas pasadas que a lo largo del recorrido de su vida, sí que le habían devuelto esa mirada cómplice, familiar, amiga y amante. Después se refugió en las miradas que le devolvía su propio idioma, en las palabras que traducían las sensaciones en un territorio reconocible. Llegó un momento en que el recuerdo de las miradas pasadas no era suficiente, en que desdibujadas por el paso del tiempo y falseadas por la memoria habían perdido su fuerza original. Notaba un vacío a su alrededor como si fuera invisible porque nadie le miraba. Entonces se dio cuenta de que la infalibilidad de su Ley de la Atracción de las Miradas no era tal. Tal vez la mirada no dependa de la mirada en sí, pensaba; tal vez la mirada dependa de quien mira, de cuándo mira, de cómo mira, de dónde mira. El contexto. Mirar es como vivir. Hacía unos meses que se encontraba huérfano de miradas como la que recordaba de cuando era un colegial que cada día tomaba el autobús con la excitación puesta en lo que encontraría tras la curva del súper del barrio. Hacía unos meses que se encontraba en una ciudad extranjera, lejana, en dirección al oriente del mundo, su oriente de su mundo. Un lugar donde la miradas con la que se cruzaba se resistían a cumplir los preceptos de la Ley de la Atracción de las Miradas (LAM). No las entendía. Y por si fuera poco, también se encontraba con unos ideogramas filiformes y hermosos, dibujados por hilos y trazos ordenados que se repetían sin cesar pero que carecían para él de significado. Y debían tenerlo seguro, porque estaban por todas partes y los nativos del lugar los miraban sin descanso, a todas horas, anhelantes y fuertemente atraídos por ¿la Ley de la Atracción de las Miradas?. ¿Era posible que su ley fuera universal y cruzase sin pudor las fronteras? ¿Y que no se había percatado que tal vez también él podría recuperar esa íntima comunión entre miradas allá dónde fuera que estuviese?. Lo descubrió de pronto. Cuando hacía otra cosa. Cuando su mente estaba ocupada en otros temas. Lo descubrió gracias a esa capacidad que tiene el cerebro de procesar información en diferentes capas. Por debajo, sin nuestro permiso, el runrún neuronal va procesando, acoplando, analizando, completando hasta que se produce un flash y aflora, se hace presente. Es lo que le pasó frente a un café, sentado con una joven filipina mientras recibía clases de inglés a cambio de enseñarle español. En ese preciso instante algo al otro lado de la ventana del Starbucks dónde cada semana desde hacía dos meses se sentaban para intercambiar inglés-español, sus idiomas, algo le llamó poderosamente la atención. Algo le dirigió una mirada, y lo hacía directamente a los ojos. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que sentía esa mirada directa, potente y que no podía evitar. Sin embargo era confusa, sin matices, a todas luces incomprensible, pero algo animal, intuitivo le decía que la LAM había despertado. Y la LAM era infalible ¿o no?. Puso en marcha todos los recursos a su alcance para comprender el significado de esa mirada escrita en ideogramas filiformes con trazos ordenados que desprendían una belleza compleja y simple a la vez. Unos trazos que intuía, contenían todo un mundo. Un mundo que algún día se convertiría en propio y reconocible a sus miradas. Era una valla publicitaria. Otra vez. Una valla publicitaria en una calle de una ciudad china, de súbito sin pedir permiso despertó la Ley de la Atracción de las Miradas. Aunque la imagen le había llamado la atención, lo que parecía el texto principal le miraba descaradamente: good chance ajedrez   Estaba escrita con caracteres chinos. Recurrió a diccionarios, traductores electrónicos y expertos chinos que hablaban inglés, expertos españoles que hablaban chino, expertos filipinos que hablaban chino e inglés, a todo lo que tenía a su alcance para intentar captar la esencia de esa mirada intensa que le devolvía la valla publicitaria. Lo que consiguió fue una oferta variopinta de traducciones e interpretaciones que contenían una esencia, un patrón interno que se iba aclarando con rapidez a medida que lo releía una y mil veces. El runrún otra vez. Got it! La valla publicitaria le devolvió clara su mirada. Nos conectamos. Insight. Aparecía ante sus ojos el sentido de una idea intuida tras unos ideogramas chinos acompañados de unas piezas de ajedrez: good chance ajedrez   Sin saber el significado exacto de cada ideograma (hanzi) la Ley de la Atracción de las Miradas había respondido con matemática precisión. En esa frase estaba contenido un mensaje encriptado, un mensaje que necesitaba ver, escuchar, comprender, mirar. Y eso supuso mirar una valla publicitaria que decía: Every “don’t know” is the good chance to make a decision. Cada “no lo sé” es una buena oportunidad para tomar una decisión. La vida pone frente a nosotros personas, momentos, oportunidades, pero lo cierto es que sólo los vemos cuando estamos preparados para ello.