Ella

Ella 1020

Rafael Vives, setiembre de 2014

Se despertaba a las ocho, puntual, decidido, hierático, renunciando a esos cinco minutos de cortesía que solemos regalarle al cuerpo para que active sus funciones primarias. Caminaba cinco pasos hasta el cobijo acristalado que le ofrecía la ducha y dejaba que aquella lluvia glacial, abrasadora y, finalmente, templada compaginara su tarea higiénica con la de motor de arranque. Con la autoestima limpia, peinada y perfumada saludaba por turnos a los dos gatos que, desde que él la abandonara, habían encontrado en la cama deshecha la trinchera idónea en la que superar otra mañana. Finalmente y sin desayunar, pues aquella era tarea reservada al abrigo de los bares y al abanico de sus periódicos matinales, salía de casa, subía a su coche ya deslucido y se dirigía a la ciudad. Justo al salir del pueblo y, como venía repitiéndose día a día durante aquel sofocante verano, desviaba la vista hacia el retrovisor para darle los buenos días. Ella, estática en su atalaya de papel y metal, reposaba sobre las rocas mientras leía sosteniendo una cerveza. La admiraba y envidiaba a partes iguales ya que aún faltaban al menos nueve horas para que él regresara del trabajo y pudiera dedicarse a tan gratificantes quehaceres. La recta que conducía hasta el pueblo y, por extensión, hasta el mar, era larga, casi eterna. Así, durante un par de interminables minutos, contemplaba de reojo como ella iba menguando paulatinamente hasta desaparecer entre las copas del encinar. Entonces entonaba un “hasta luego”, suspiraba, se centraba en la carretera y pisaba el acelerador con el fin de compensar el tiempo dedicado. Después, por la tarde, la vería de frente. Pero no sería lo mismo. Prefería mil veces aquel contacto inocente que vincula a las cosas que amanecen juntas, la prefería rodeada de la bruma y el rocío de la mañana y, sin duda, prefería disfrutarla a través de esa contemplación furtiva, de ese sutil escorzo, de ese falso anonimato que oculta la grandeza de las miradas indirectas.