Dique


senyal de trànsit 1020

Pablo Bujosa, agosto de 2014

Fue precisamente en esa posición –con las manos aferradas al volante, a diez metros de profundidad y con la cabeza apuntando hacia el suelo– cuando Carolina empezó a pensar seriamente en los acontecimientos de las últimas semanas. Decidió interrogarse entonces sobre el cómo y el cuándo y sólo fue capaz de amontonar unos cuantos recuerdos: el encuentro con Giancarlo, la bombilla que colgaba frente al espejo del cuarto de baño y las noches en vela esperando a que apareciese sobre la mesa el as de picas. Intuyó de una forma imprecisa que nada de lo que había sucedido durante el último año tenía el más mínimo sentido. También recordó una conversación brevísima que había mantenido con su hermana horas atrás:

–Quiero volver a encargarme de la ruleta francesa. No me gustan los jugadores de cartas. Son todos unos listillos. Hay uno que siempre echa mano del ajedrez para explicar cosas que sólo le interesan a él. A mí no me queda más remedio que escucharle con atención, pero normalmente no entiendo una puta mierda de lo que me cuenta.

Para ella la vida siempre había sido eso: una sucesión de realidades inconexas donde las cosas suceden sin un propósito visible. Giancarlo le dijo un día que era tonta; se lo soltó sin pestañear y después la besó. Ella no se ofendió. Siempre lo había sabido y nunca le había importado. Carolina abrió la guantera en busca de un cigarrillo y allí encontró su carnet de conducir. Lo miró con detenimiento y se dio cuenta de que caducaba dentro de dos meses. Cerró los ojos. Quiso sonreír y no pudo. Había llegado el momento de dormir.

Leave a comment