Devushka

Devushka

 

Emilio López Verdú, noviembre de 2014

Año 187 después de Putin, día 25 del mes Arkady

Algunos viejos, nietos de los últimos descendientes, aseguran que esta ciudad era bonita. Que tenía césped, jardines repletos de palmeras y hermosas devushkas que paseaban por las calles enseñando las piernas sin ningún pudor. Ahora es solamente un agujero contaminado por cepas de anthracis mutante y grupos de soldados de la Unión Oriental que patrullan en sus vozdukhabaks de tres cañones. Si ves uno de esos, amigo, mejor que sepas volar porque si no estás muerto. Algunos de nosotros nos hemos refugiado en el cauce de la antigua riera. Por aquí ya no pasa agua, si es que alguna vez pasó. Entre las ruinas de coches y carros antiaéreos hemos construido algo parecido a un hogar. Y si vemos alguno de esos vozdukhabaks, echamos a correr como alma que lleva el diablo hasta unas trampillas laterales excavadas en el cemento para huir de su lluvia de fuego.

Solo salimos por las noches y en grupo. Pero los más peligrosos no son los soldados, sino las cuadrillas de gente como nosotros, hambrienta y desesperada, a la caza de algo que llevarse a la boca. Si tenemos suerte, entre los cascotes aún podemos encontrar agua, azúcar, latas de hipervitaminas abandonadas e incluso ropa y zapatos.

La otra noche estábamos frente a lo que parecía un antiguo restaurante, ahora solo una montaña de ruinas de piedra y tablones. Desde allí escuché un ruido que me asustó. Nunca sabes si una rata transgénica infectada con toxoplasmosis súbita te puede infectar, así que hay que andarse con ojo. Iluminé con la linterna y allí estaba: un antiguo plakat bastante bien conservado. Mostraba a una devushka sosteniendo una cerveza. Por el alma de Putin que la devushka era deliciosa: De piel oscura, elástica y exquisita, con su mano agarrando la botella. A veces encontramos alguna de esas botellas entre las ruinas. Nos reímos con su símbolo, la estrella de cinco puntas idéntica a la del antiguo ejército rojo, como un irónico homenaje a nuestra tierra. Cada vez que encontramos una caja, hacemos una fiesta.

En todo caso, la devushka estaba sentada frente al mar. Un mar limpio, de antes del gran vertido del año 59. Pero lo más sorprendente estaba en su mano izquierda. En ella sujetaba frente a sus ojos un extraño objeto cuadrangular muy parecido a nuestros sextantes digitales de geolocalización de tropas, pero no de pantalla líquida. Era más bien una lámina plana cubierta de letras, sin ningún indicio de interactividad táctil y de un material que torsionaba. La devushka tenía fijada su atención en aquel simple objeto cuadrangular, ¡como si le interesase más que la propia cerveza!

‘En qué estúpidos juegos se entretenían nuestros antiguos’, pensé antes de apagar la linterna y seguir buscando.