De opi en opi

opi estrella progrés

Opi de la parada de l’EMT a la Plaça del Progrés, Palma. Agost de 2014.

E. Ortega, agosto de 2014

«Singe putain»(*) soltó alguien a su paso, mientras avanzaba por el pasillo del autobús. El insulto le llegó casi al mismo tiempo que la voz amorfa de la grabación anunciaba: «Próxima parada: Plaza Progreso». Le gustaba el nombre de esa plaza, le recordaba lo bien que le habían ido las cosas en los últimos tiempos. Tenía trabajo en un selecto hotelito en la costa balear, de clientela especialmente nórdica: gente viajada, culta y con sensibilidad.

Era la única persona de color entre el personal del hotel, lo que agradaba a los dueños del establecimiento, pues su presencia terminaba de conformar esa plantilla internacional y diversa que tan bien le iba a su imagen de marca.

Y luego estaban su alegría natural y su buena disposición (aparte de los cuatro idiomas que manejaba y sus años en la universidad), que habían cautivado a sus jefes y compañeros de trabajo, y también a los clientes que, en ocasiones, le dejaban mensajes de despedida y buenas propinas.

En su país, antigua colonia francesa, soportó el racismo de la gente de la metrópoli. Así que ahora, el insulto lanzado como si tal cosa por el pasajero de mediana edad,  parapetado entre el resto de viajeros del autobús, le provocó una oleada de sangre y furia, y un: «Je vais te crever»** como respuesta. Toda la estulticia humana se concentraba en ese hombre, vestido con un polo rosado, pantalón de pinzas y el pin del Frente Nacional en el pecho, que inmediatamente enrojeció y agachó la mirada. Ahí quedó todo.

Bajó en la siguiente parada, dolido y casi fuera de sí. Ante sus ojos el carro del progreso se despeñaba y rompía en mil pedazos. Como en el juego de la oca, sintió que había caído en la casilla de la muerte y le devolvían a la posición de salida.

Aquel verano, el opi de la chica leyendo y tomando una cerveza junto al mar inundaba la ciudad. Al subir el autobús, la fotografía le había causado una sensación de bienestar y familiaridad (servía esa marca en la terraza del hotel), pero ahora que volvía a ver el opi en la marquesina de la siguiente parada, casi querría coger la botella para estrellarla en la cabeza del puto gabacho.

 (*) «Puto mono»

(**) «Te voy a matar»

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